UNIÓN HISPANOMUNDIAL DE ESCRITORES. UHE

POR LA LITERATURA Y POR LA PAZ

MAIGUALIDA PÉREZ GONZÁLEZ O LA ESPERANZA CONTRA EL CAOS

Por Carlos Garrido Chalén

Premio Mundial de Literatura “Andrés Bello” 2009 de Venezuela


A mediados del siglo XXI, la población mundial podría llegar a nueve mil millones de personas. De ese monto, el 12% pertenece a Europa y América del Norte,  responsable del 70% de los gases acumulados, que han ocasionado el deterioro de las condiciones ambientales del planeta. Hasta antes de la Revolución Industrial (1750-1850), nuestra Casa mayor ostentaba un nivel de gases invernadero  de 280 partes por millón, y en la actualidad, se ubica en 430 y trepa más de 2 partes por millón cada año. Eso explica que la Tierra haya experimentado un calentamiento de 0,7 º C en los últimos cien años, que se multiplicará en los próximos años, ocasionando una mayor incidencia de fenómenos meteorológicos extremos y la elevación del nivel del mar, y afectará negativamente la agricultura, los recursos hídricos, los asentamientos humanos, la salud humana y los ecosistemas. 

A principios de la era cristiana, la población mundial llegaba a 250 millones, y a lo largo de los 1800 años posteriores, llegó a mil millones. El primer salto cuantitativo más significativo se produjo en los siguientes 145 años al superar los 2300 millones y el segundo entre 1945 y 2005 cuando aumentó a 6500 millones de habitantes, produciéndose un incremento de nada menos que 4200 millones. Ahora enfrentamos un desafío planetario, ya que las condiciones ambientales se han deteriorado por el crecimiento de la población y del PBI y seguirán empeorando, si continúan las tendencias actuales. La transformación de los ambientes naturales debido a una exagerada explotación agropecuaria y forestal, la contaminación, las obras de grave impacto, la caza por subsistencia y furtiva, la comercial y la deportiva, el tráfico de fauna, la introducción de especies exóticas, las plagas y la ignorancia, a lo que se suma la crisis alimentaria, generada por la especulación capitalista, que amenaza con la desnutrición a 450 millones de niños en los próximos 15 años, la combinación del cambio climático, la inestabilidad del precio de los alimentos, la inseguridad económica y
los cambios demográficos, están llevando al planeta al caos más aterrador, y  si no se toman las previsiones recomendadas, la muerte azotará a toda la humanidad, superando los costos equivalentes a todas las Guerras Mundiales y a la Gran Depresión de la década del 30.

 

La hipotética posibilidad de ese terrible caos destructivo, que pondría hasta en peligro de extinción a la raza humana, pero también la de su restauración, a partir de los entenderes, a veces mágicos de la cultura indígena, y de su prodigioso arraigo y amor a la tierra, es abordada con genialidad de zahorí en su obra: “13 lunas. Las aventuras de Emilio y Enriqueta”, por la brillante poeta y escritora venezolana Maigualida Pérez González. 

El marco de esa historia entretejida en diversos  tiempos, se desarrolla utópicamente en el año 2021, dominado por el hambre y las enfermedades, las guerras y la contaminación, que termina aniquilando animales y seres humanos, destruyendo el verde de la naturaleza, sus árboles, ríos, mares, lagos y lagunas en la mayor parte del planeta, la configuración apocalíptica de tierras áridas y secas imponiéndose al paisaje e insoportables tormentos de la sed, matando de a poco a niños, jóvenes y ancianos sobrevivientes, que duermen al aire libre y en el suelo por las noches, para que la piel se refresque,  y en el día entran a los sótanos, para  soportar el inmenso calor y evitar recibir los rayos de un sol maligno y abrasador. 

Estamos en el año 2021. Somos una raza en extinción. – comienza diciendo - El hambre y las enfermedades nos dominan. Nuestra piel está seca, flácida, arrugada y con estrías. Los ojos hundidos, con una especie de sombra amarilla y rojiza alrededor de ellos. La boca siempre seca, no tenemos casi saliva y las lágrimas no las conocemos. El agua de nuestro cuerpo cada vez es menos. Sobrevivimos los menos débiles porque de ningún modo hay fuertes. La mayoría somos jóvenes. Niños, muy pocos. Ancianos, casi ninguno. / Las guerras y la contaminación terminaron acabando con la naturaleza en la mayor parte del planeta. Los ríos, mares, lagos y lagunas ya no existen, en sus lechos hay tierras áridas y secas. Los pocos que quedan con agua están custodiados por el ejército. Solamente quienes hayan conocido los insoportables tormentos de la sed bajo circunstancias tan graves como las que me rodean pueden darse idea de mi sufrimiento cuando pienso en las delicias que proporciona un trago de agua, el más exquisito de los placeres que conozco. No hay árboles, por lo tanto no hay sombras. Los animales fueron los primeros en desaparecer. En las noches dormimos al aire libre, en el suelo, para que la piel se refresque un poco. En el día entramos a los sótanos, es mejor soportar ese calor que recibir los rayos del sol. El que me tocó hoy es muy húmedo y ya comienza a atormentarme una tos muy fuerte y continua. Me asusta la idea de no recordar y creo que pronto dejaré de existir. Comienzo a notar que en un albergue estrecho las ideas se comprimen. Se trata de un temor profundo que yo misma no acierto a definir, pero que parece que sucederá de un momento a otro. A veces suele ir acrecentándose más y más, pese a todos los razonamientos de la mente. En esos instantes siento las angustias de la muerte mil veces agrandadas. Por eso este azaroso y último año de mi vida se me viene a la memoria tan involuntaria como continuamente./  Ansío apuntarlo todo y me parece que de no haberme buscado tal ocupación hubiera muerto de tristeza. Los recuerdos si los escribo se convertirán en historias. Si, así lo creo. Mi decisión es acertada. Por otra parte, constituirán una herencia para otros jóvenes como yo. Pero no me explico porque he comenzado mi narración por la mitad. Hay que empezar desde el principio. Aunque no es muy larga la historia de mi vida”. 

Afanosa y minuciosa en lugares y sucesos históricos, la autora, hace hablar a Enriqueta Meseta, una niña de trece años, en primera persona, que cuenta cómo con el viejo Emilio Espadachín, aparecido prácticamente de la nada, se sentaba en las noches de luna a escuchar sus fascinantes historias que contaba. 

(“Nadie sabía cómo ni cuándo había llegado, lo único cierto es que era uno de los pocos viejos que aún quedaban en este mundo seco, triste y sin color. Emilio era un anciano encorvado, de ojos grandes y saltones. Delgado y enjuto. Tan viejo, tan viejo, que su rostro estaba surcado de profundas arrugas, como tierra reseca y resquebrajada, pero a pesar de eso su cabello aún era gris y la red de arrugas de su rostro marchito no ocultaba la serenidad de su expresión. Desde que lo vi por primera vez me sentí atraída hacia él y poseída por su energía. Recuerdo muy bien que el corazón se me contrajo a impulsos de una sensación muy grata cuyo origen en ese momento no acerté a comprender. No podía apartar mi mirada de esos ojos y comprendí que existía una comunicación extraña y mágica de un desconocido hacia mí. El tiempo rompe, desluce y marchita, pero en él el tiempo se había detenido. El hombre, con andares lentos e indecisos iba arrastrando las piernas sin doblarlas siquiera acompañado de una vara de madera con la que golpeaba ligeramente el lugar por dónde caminaba. Nunca había visto una figura tan rara y disparatada. Su alta estatura, la espalda encorvada, su cadavérico rostro, el abrigo desgarrado por las costuras y el largo y maltrecho sombrero que apenas alcanzaba a cubrir su cabeza sorprendían a cualquiera que lo viera por primera vez. También me llamaba poderosamente la atención su extraordinaria delgadez. Apenas le quedaba carne y la piel parecía pegada a los huesos”). 

Ella cuenta que desde ese momento, fue su compañero por trece lunas llenas, y que le encantaba de él la vivencia de sus múltiples recuerdos (“Albergaba generaciones de secretos”, anota), aunque nadie comprendía cómo a su edad, podía pasar tan largos ratos en compañía de un hombre tan viejo, ni entendía cómo había podido con su trato, descubrir en ella horizontes infinitos y satisfacer las ansias misteriosas de su espíritu. (“Para mis pocos años aquella fraternidad encerraba aventuras, tristezas y alegrías que le daban una emoción distinta  a mi vida llenando mi alma de regocijo”). Emilio Espadachín tenía una manera de referir las historias que impresionaba el temperamento entusiasta de Enriqueta, fascinada de su “sombría, pero ardiente imaginación”. 

 (“Las historias de otros tiempos narradas por Emilio – refiere -  tenían un dulce encanto que emanaba de ellas y marcaba el alma de los que las escuchábamos, especialmente la mía”). 

Llama la atención que su autora, Maigualida Pérez haya con su talento acreditado, logrado el encanto de sacar de una historia trágica y apocalíptica, el vértigo de una ternura sistemática, como cuando por ejemplo, hace reconocer a Enriqueta, que la misma sensación de extrañeza y alegría que ella tuvo de Emilio, la sintió él también al observarla por primera vez.

 (“Decía que yo hubiera llamado la atención de cualquiera. A la luz del día mi figura lo impresionó mucho. Una vez me dijo que en ese momento pensó que hubiera sido difícil encontrar otra criatura de aspecto tan extraño y original como el mío. Tenía entonces doce años, uno menos que ahora. Diminuta, delgada, de ojos relucientes color miel.  Decía Emilio que yo tenía una mirada enigmática y que en ella se mezclaban la inteligencia y la desconfianza. Mi abundante cabellera negra siempre estaba revuelta y desordenada. Mi vieja y descuidada ropa me hacía lucir harapienta. El rostro pálido tenía un matiz amarillo oscuro. Sin embargo, pese a mi aspecto, no podía decirse que fuera fea. Mis cejas están bien dibujadas, finas y bonitas, mi frente es amplia y mis labios muy hermosos, perfectamente delineados, aunque muy pálidos, casi incoloros. Al encontrarme con los ojos de Emilio por primera vez lo miré intrigada torciendo la boca de un modo extraño, como con una sonrisa de incredulidad. Fruncí el entrecejo y lo miré con aire de temor. Él se acercó y me dijo que sabía muchas historias y que quería ser mi amigo. Me hizo un rápido relato. Lo escuché ansiosamente y en silencio, con la cabeza baja sin levantar la mirada. Estaba muy nerviosa. Mientras me hacía el relato se inclinaba hacia mí y me miraba. Notó, por más que yo quisiera evitarlo, que realizaba esfuerzos para ocultar mi emoción ante él. Iba palideciendo más y más y me mordía el labio inferior, pero lo que no pude dominar fue el extraño latir de mi corazón, cada vez era más fuerte, creo que se podía oír a dos o tres pasos. Emilio supuso que iba a romper en llanto por la emoción, pero logré contenerme. Me hablaba con todo el calor de su corazón, y no sé porqué se sentía atraído hacia mí. Creo que en él alentaba algún otro sentimiento además de la piedad. No sé si sería lo misterioso de las circunstancias o nuestro propio ánimo propenso a la fantasía, lo cierto es que una fuerza irresistible nos empujaba uno hacia el otro. Sus palabras me habían impresionado y su voz me había cautivado. Cuando terminó de contar la historia lo miré de una forma extraña pero de ninguna manera hostil, sino dulce y suave. Después volví a bajar la cabeza como ensimismada. Al rato le tendí la mano en silencio. Estaba pálida y la expresión de mi semblante parecía cansada. Había en mi sonrisa un aire de sufrimiento y resignación, pero a la vez mi mirada tenía un raro brillo de felicidad”). 

Sin querer o queriendo, la escritora venezolana, hace ver el valor de la naturaleza existente  y la que registra su historia, para acercar al lector a la necesidad de reconocerla y defenderla, cuando consigna: 

“En las historias de Emilio, el mundo de la fábula se fundía con el de la realidad y la vida se nos  presentaba por primera vez enigmática y seductora ¡y era tan grato conocerla! ¡Nuestros pequeños corazones latían con alegre celeridad! Nos contaba que años atrás el cielo estaba casi siempre despejado y muy azul. Que había campos, bosques y ríos, no montones de piedras inertes como ahora. Que detrás de cada arbusto y de cada árbol nacía una vida, misteriosa y desconocida para nosotros. Cerrábamos los ojos y a través de sus palabras nuestra imaginación volaba, aparecían profundos valles verdes y todos corríamos hacia ellos tomados de la mano esperando que alguien nos llamara para hacer realidad los cuentos de nuestro amigo. Aún lo recuerdo y no puedo evitar al evocarlo, experimentar un extraño sobresalto en el corazón”. 

Lo mismo hace cuando ensaya una alusión a la cibernética, al especial mundo del internet, que en su historia es parte del bagaje tecnológico destruido:

(“Contaba también el anciano que existieron unas máquinas llamadas computadoras que fueron una maravilla tecnológica. A través de ellas todos los habitantes del planeta estaban en contacto y aprendían sin salir de sus casas. La era del internet, la llamaron, pero también se esfumó. Si no había agua, no había electricidad. Todos los aparatos desaparecieron poco a poco. Las historias de Emilio comenzaban en una de ellas, en una sala de chat, un sitio donde las personas entraban a conversar”).

 

A partir de esa referencia, Maigualida Pérez, logra un raconto delicioso, insuperable, en medio de la historia, configurada por dos nuevos personajes: “Brujita”y “Genio” inventados por Emiliano, que una noche, con su voz gangosa y cansada comenzó a narrar:

 “En un hermoso país del norte de América, empezó a decir, caminando por las calles de aquella gran ciudad con su figura esbelta y elegante, su andar rápido y decidido, llevando bajo el brazo un paquete que contenía unos escritos nos encontramos con un hombre de edad indefinida, por momentos parecía un joven lleno de sueños y por otros un sabio que a través de sus palabras nos llevaba al camino del aprendizaje. Ese día como muchos otros se dirigía a entregar su trabajo en la casa de una familia poderosa económicamente. Después de mucho caminar llegó al sitio. Lo hicieron esperar en un hermoso jardín con una gran piscina alrededor de la cual había unas sillas amarillas y blancas. No aguantó la tentación. Miró a un lado y al otro. No había nadie y le dio gusto a su cuerpo. Se recostó por un breve espacio de tiempo en una de las cómodas butacas, suficiente para soñar un rato y pensar en lo agradable que era vivir de un modo tan confortable. Al escuchar ruidos y pasos que se acercaban se incorporó rápidamente. Hizo entrega de su trabajo y se despidió. Era un gran escritor, pero últimamente estaba encerrado en una rutina constante que le hacía ver la vida un poco gris, sin embargo, al llegar a su casa se sentaba frente a su computadora y entraba al chat donde pasaba largas horas compartiendo con amigos de varias partes del mundo intercambiando ideas, aprendiendo costumbres y contando historias. Ahora había algo más. La primera vez que le sucedió fue un domingo. 

Era media mañana y terminaba de despertar. Aprovechaba para dormir un poco más ese día, el trabajo de lunes a sábado era fuerte y las posibilidades de un buen descanso pocas. Afuera el día estaba soleado. Decidió antes de hacer las compras sentarse un rato frente a la computadora.  De pronto, al levantar la vista algo en la pantalla le sonríe, ya no tiene forma cuadrada con marco blanco. Delante de sus ojos se va transformando poco a poco. Del fondo de ella salen luces de colores que en forma de espiral semejan unos túneles. Asustado, corrió la silla hacia atrás moviendo la cabeza pensando que era un mareo. Al rato levantó la vista y se encontró con una sonrisa de mujer, se da cuenta de ello por su cabello largo marrón con tonos dorados, en sus orejas llevaba unos zarcillos de plata con forma triangular. Sus ojos marrones muy claros eran profundos, hermosos. No podía dejar de admirar sus preciosos senos redondos y firmes, su talle y sus piernas perfectas. La voz le pidió leer de nuevo sus escritos. Dice que le gustan mucho. ¿De dónde sale su voz? No sabía decirlo ni podía explicárselo, solo sabía que la escuchaba clara y fuerte, tampoco sabía definir en dónde la oía mejor si en su mente o en sus oídos. Lo que si tenía claro es que esa mujer alguna vez llegaría no cómo un sueño, sino físicamente a su vida. 

Leyó de nuevo sus escritos en voz alta y escuchó nuevamente la voz que lo invitaba a mirar la imagen que se dibujaba en lo que antes fue la pantalla de su computador. Lo invitaba a entrar en los túneles de colores que estaban situados en su cuerpo, exactamente donde debería estar su ombligo. Sin dudar ni un instante de su capacidad de poder hacerlo se puso en pie, levantó su pierna y la introdujo dentro de la pantalla, en el inicio de ese maravilloso túnel que se abría ante sus ojos. Ya estaba dentro de la pantalla. Se quedó un rato paralizado mirando esas luces de colores que a pesar de ser brillantes permitían ser observadas sin que se dañara la vista. Volteó la mirada hacia fuera. Pudo observar con claridad la silla vacía, la mesa, los papeles. Su corazón se aceleró. Las sienes palpitaban y un gran pánico se apoderó de él. Golpeaba con los puños el vidrio de la pantalla mientras gritaba: ¡quiero salir de aquí! En un intento por hacerlo estiró sus brazos como si fuera a volar y saltó hacia fuera cayendo sobre la silla y golpeando la cabeza con el piso. Se levantó muy atolondrado sobando su frente cuando escuchó la fuerte carcajada. Le molestó esa risa. Tú lo buscaste – dijo ella – Anda, ven tranquilo, confiemos uno en el otro y se dispuso de nuevo a iniciar el recorrido por ese maravilloso camino de colores. 

De la misma forma ese día, en otro hermoso país, pero esta vez del sur de América una bella chica se dirigía a su casa con un cadencioso caminar. Llamaba la atención por su hermosa figura, sus finas facciones, su cabello largo y su espléndida sonrisa. A pesar de ser muy joven era de un carácter muy centrado y sobre todo, estaba dispuesta a realizar sus sueños. Era una joven apasionada y llena de encanto. Llegó a la vivienda, se vistió con ropa cómoda y se sentó también frente a su computadora. Su pasión por el chat nació al escuchar historias increíbles que contaban sus compañeros del colegio. Algunas le parecían divertidas y otras un poco atrevidas. Decidió por eso emplear sus ahorros en comprar una computadora de medio uso que con el tiempo se convertiría en su mejor herramienta de comunicación. A través de ella hacía, día a día, nuevas amistades, jugaba dominó, cruzadas, escuchaba relatos, leía chistes, daba consejos, pero también recibía mentiras y de vez en cuando propuestas indecorosas a las que en realidad no les daba mayor importancia. Se sentía feliz porque le gustaba mucho conversar.  Hablaba más que una lora agarrada por el rabo. Una noche se encontraron nuestros personajes en una de estas salas. Ambos usaban apodos muy particulares. A ella la conocían como brujita. Y a él como el genio. A partir de ahora, así los llamaremos en esta historia. Empezó entonces el destino a tejer sus redes y unir a estos dos seres que quedaron atrapados por la magia de sus letras.

 

Después de varios meses de conversaciones a través de internet brujita y genio decidieron hacer un viaje. Este paseo resultaría muy largo si lo medimos en el tiempo convencional, pero si lo medimos con polvo de estrellas se haría corto y muy placentero. Viajarían a través de una onda encantada convirtiéndose en viajeros intergalácticos. Decidieron encontrarse en la selva, en la tierra de brujita. Allí cada pequeña cosa proporciona felicidad, nadie sueña con llegar a ser porque cada uno ya es. A veces la selva parece una sola, pero cada rincón tiene su dueño, su música, su silencio y su alegría.  A veces no hay nada, pero a la vez hay tanto. Los niños se sienten como criaturas de cuentos, como una hoja de algún árbol sagrado, si quieren saber algo se lo preguntan al río, a las piedras, al fuego, porque ellos son su sangre, el viento su voz, las estrellas sus ojos y la selva sus entrañas. 

¡Listo! prepárate genio, nos vamos, te llevaré a un lugar que te sorprenderá – exclamó brujita –

¿Un bosque? - preguntó genio –

Más lejos – respondió brujita –

¿A la montaña? – Más lejos

¿A la cafetería de la esquina? – No podía faltar la broma de genio – siempre intentando hacer reír a la brujita

No cariño, más lejos – dijo ella tomando su bolso – tenemos una misión. Brujita abrió el diminuto bolso de color verde con apliques de lunas y estrellas  plateadas. De reojo genio vio todo lo que una bruja que se respete podía llevar en su bolso de trabajo: algunas ranas, un pequeño libro que genio supuso era de hechizos, un diario, tres clavos, una linterna, maquillaje y otras cosas más. Genio se sorprendió y pensaba ¿cómo haría para guardar todo eso allí? Seguramente era uno de sus secretos no compartidos. Brujita sacó del bolso una caja dorada, la abrió y tomó una especie de palito de color marrón que genio confundió con un lápiz. Conforme lo desdoblaba también aumentaba su tamaño y cambiaba su forma. Incrédulo, pero acostumbrado a las sorpresas de ella, observó cómo del último movimiento de girar y sacudir salió una cerda gruesa y amarilla. ¡Era una escoba! Una preciosa escoba de ébano. Volvió a abrir su bolso, sacó un abrigo y un sombrero alto de pico, ambos de color azul rey. Este color es perfecto para ti – dijo brujita- vistiendo a genio. Con ojos de experta y manos de modista de alta costura arregló el cuello, quitó un poco de pelusa de los hombros y acomodó las mangas doblándolas hacia arriba. Cariño este traje te queda un poquito grande –decía ella con dulzura –Él encogiendo los hombros y haciendo una mueca con la boca en señal de “ni modo” se colocó el sombrero. Ella lo miró detenidamente revisando los detalles. Vio un costado y luego el otro y hasta lo hizo dar una vueltecita. Se acercó, lo besó y le apretó la nariz. Sacó luego del bolso una batica de color rojo, se quitó los zapatos y se la colocó encima con mucha delicadeza. Empezaba su transformación. Colocó el sombrero de pico también rojo tapando su larga melena, estaba doblado, seguro de tanto uso. Abrigó los pies con unas medias de rayas. Se puso las botas y guardó los zapatos en el bolso mágico que con un tris de sus dedos desapareció en medio de estrellitas multicolores. Fue un lindo espectáculo que a genio lo dejó pasmado. Siempre lo sorprendía con cosas nuevas. 

Vamos genio, sube a la escoba, ya nos vamos – dijo brujita tomando la mano de genio

¿Y dónde me subo? - ¿atrás o adelante?

Atrás genio – siempre atrás –

Un click del dedo pulgar con el anular era la clave para que la escoba tomara altura. Genio intentó hacerlo y solo consiguió ampollarse el dedo. Se dio cuenta que la hechicería tiene sus secretos y los manejan las brujas solamente. Brujita subió a la escoba y empezó el vuelo. Mientras más altura, más silencio. Ahora la comunicación era por telepatía. Los primeros movimientos fueron simples, sin muchas maniobras, de costado, a la derecha y a la izquierda, algún zigzag brusco o repentino y luego mucha velocidad. Genio empezó a sentir inseguridad. Náuseas y mareos iban y venían, pero era lógico, él no estaba acostumbrado a los vuelos sin cabina. Repentinamente la punta de la escoba cambió la dirección de la ruta subiendo cada vez más alto. Cruzaron nubes y en algunos momentos la visibilidad era nula. ¡Brujita no veo nada por la neblina! – Gritó genio asustado – La brujita sonrió mientras decía- no es la neblina genio bobo - no ves porque estás enamorado, el amor ciega. Ahora la que trataba de hacer reír al genio era ella. 

Luego de muchísimas horas llegaron a su destino. Estaban en las Pléyades, un grupo de estrellas muy jóvenes situadas a cuatrocientos cincuenta años luz de la tierra. Las estrellas más grandes y brillantes son de color blanco azulado y son cinco veces más grandes que el sol explicaba Brujita, el grupo es un sistema físico dotado de movimientos idénticos para todas las estrellas que lo forman. Genio estaba agotado por el viaje. Brujita sacó del bolso mágico una preciosa hamaca de moriche, se la habían regalado los indios de su tierra. Él se sorprendió al verla preguntando por esa preciosa fibra.

 

El moriche es una palma que ha sido parte de la vida del indio warao allá en mi tierra, en el interior pantanoso del bajo delta del Orinoco- habló ella -  Los indígenas utilizan la parte superior del brote del moriche que es fibrosa, la mojan, la parten a lo largo, la hierven y luego la secan al sol para torcer las fibras formando filamentos, primero en hilos individuales y luego en grupos de tres, con ellos tejen chinchorros como éste donde descansaremos. Ellos aprovechan toda la planta. El tronco lo utilizan para la construcción de sus casas; de él también se extrae un almidón que se llama yuruma que constituye parte de su alimentación. Con el eje central de las hojas construyen arpones que usan para la pesca. Igualmente tejen bellas cestas y mapires que a veces llevan diseños hechos con colorantes que extraen del mismo moriche. Del bolso mágico salieron dos hilos de plata que semejaban palmeras, en los que colocaron el chinchorro y se dispusieron a descansar. 

Ella dijo acurrucándose - tengo frío- . Genio se levantó sin molestar a brujita y sacó de su morral, que no era mágico y si muy desordenado, algo que había mandado a tejer para ella; un precioso rebozo con franjas de colores verde, amarillo, rojo, violeta, negro y blanco. Cubrió a brujita y se acostó de nuevo a su lado. Ella no sólo sintió el calor que daba el tejido, sino algo más, diferente. Se lo comentó a genio preguntándole con qué la había cubierto. Es un rebozo- respondió genio - está hecho especialmente para ti, lo usan las mujeres de mi tierra. Lo que sientes es la energía de los artesanos que lo confeccionaron en un sencillo lugar con un antiguo telar. Abrazando a brujita y mirando la noche estrellada comenzó a hablar: ¿qué habrá detrás de todas esas estrellas?, ¿detrás de las galaxias? Tú debes saberlo brujita hermosa porque eres luz y observas todo lo que yo no veo. Eres el centro de mi universo y tú lo sabes. Eres mi guía. Pero no es sólo tu brillo, es tu alma que refleja caminos, senderos de secretos y misterios que compartes con genios muy ciegos. En este rebozo quise que quedaran plasmados la gama de colores que envías. Colores que ningún pincel plasmaría. En el azul está tu espacio cósmico y es intenso como tu inteligencia. La esperanza está en tu verde donde los sueños se hacen ciertos. El amarillo es tu energía igual que la del sol. El violeta tu dignidad. El rojo tu pasión. El negro el misticismo que te acompaña. Y el blanco el color con que te conocí, llena de ingenuidad, ofreciéndome amistad pura, transparente. Tus colores son tu verdad. 

Siglos antes de que la civilización europea llegara a América –empezó a decir ella como en un susurro -  nuestros pueblos vivían respetando la naturaleza y sus propias y estrictas leyes de convivencia. En una de esas tribus nació una preciosa india llamada Akarantair, la de la dulce boca, pero no la boca para besar sino para narrar. Ella es mi madre. En una noche de luna llena ella y mi padre, un viajero espacial, a la orilla de una catarata, se amaron intensamente cayendo sobre ellos una lluvia de miel de estrellas que formó parte de mi ser y me hizo diferente, genéticamente humana y espiritualmente cósmica. Mañana habrá luna llena y ella vendrá a buscarnos para llevarnos a la aldea de Brillantis. Allí nos narrará  historias de nuestros antepasados. Tu misión es difundirlas a todos los jóvenes que encuentres de aquí en adelante, jóvenes con ansias de aprender y conocer acerca de sus orígenes. Debes hacerlo durante trece lunas llenas antes que la humanidad termine de destruir el planeta, si lo logras el mundo volverá a ser verde y feliz y aprenderá de nuevo a través de la energía del amor que el espíritu del universo duerme en lo mineral, sueña en lo vegetal, despierta en lo animal y habla en lo humano. Tendrán una nueva oportunidad. Genio asombrado quería preguntar muchas cosas, pero el cansancio era más fuerte que el deseo de aprender y se quedó pronto dormido en la hamaca. 

Al despertar notó que ya brujita se había levantado. Había un exquisito aroma en el ambiente. Se sentó en la hamaca y buscó a la chica que se acercaba con dos humeantes tazas. Prueba el café de mi tierra genio –le dijo mientras le daba la bebida – Aparte de su exquisito sabor y olor tiene lenguaje. Con ese café mañanero las mujeres de mi raza le decimos al hombre amado que empezó el día y ellos lo aspiran no sólo con su olfato sino con el corazón. Genio nunca supo explicar lo que sintió al oír esas palabras, lo que sí pudo explicar y sentir claramente fue el escalofrío de una inmensa alegría acompañada de una gran excitación y aquella idea loca de volar con esa brujita le parecía en esos momentos la cosa más razonable y deliciosa del mundo. Soplaba un viento fresco y hacía frío, pero saltó de la hamaca en una especie de éxtasis y la abrazó. Decidieron luego caminar un poco. 

Al rato llegó una preciosa mujer. Genio se impresionó al verla. Era alta y de largas piernas. Vestía una especie de túnica azul brillante. Tenía el cabello negro muy largo sujeto con un cintillo de moriche con hilos de plata. El correcto óvalo del rostro, los magníficos dientes, los labios pequeños y finos perfectamente delineados, la nariz recta, la despejada frente sin la más leve arruga todavía y los ojos color miel formaban un armonioso conjunto. Al mirar de cerca sus ojos almendrados le recordaron los de brujita, igual que su piel cobriza y sus manos de ángel. Su edad era indefinida. Sus rasgos faciales de una corrección y belleza excepcionales, cambiaban de expresión según hablaba Su porte digno y orgulloso era imponente. A primera vista parecía fría y desdeñosa, pero al hablar con ella la fineza de su espíritu y la delicadeza de sus sentimientos se veían realzadas e impresionaban más vivamente. Seducía e hipnotizaba cuando hablaba. Los invitó a viajar con ella en una especie de alfombra transparente.

 

La luna se veía esplendorosa iluminando la cima de una colina cuando llegaron a Brillantis. A genio le pareció estar de nuevo en la tierra. Salieron a recibirlos hombres fuertes y robustos con cara redonda y ojos negros opacos. El cabello les colgaba en dos trenzas adornadas con plumas que se agitaban bajo la brisa. Las mujeres llevaban un cuero de culebra alrededor de la cintura y una cesta atada a la espalda que se balanceaba cuando caminaban. En los tobillos, una tira de moriche con conchas de río. En la frente tenían un cintillo con tres plumas de guacamaya, en el pecho collares de semillas pulidas y las orejas lucían zarcillos de palma. Su ropa era una manta sujeta a un hombro, el otro les quedaba descubierto. Todos eran amables, con sonrisas y alegría recibían y abrazaban a brujita. Genio se sentía como una figura de fábula, como un invitado especial a un reino inexplicable. Después de comer se sentaron alrededor de una gran fogata. Akarantair comenzó a hablar…” 

Maigualida Pérez González, ganada por la inmensa sabiduría de sus ancestros,  logra lo que nadie: distribuir argumentos – salirse del inicialmente tramado - para situarse en otro espacio, más mágico y maravilloso, y hacer intervenir a un quinto personaje llamado “Akarantair”, (y después a otros como Doña Asunción, Marisela, Tomasa, Adrián Antonio y María Trinidad), quien – conforme a la dirección que persigue la historia principal de esta narración – cuenta que para los pueblos indígenas, la Tierra es un espacio sagrado que un Ser poderoso nos encarga cuidar. 

En ella viven nuestros ancestros, habitan nuestros espíritus y nacen nuestras leyendas. Podría emplearse una vida entera en interpretarlas y comprenderlas y no sería una vida mal empleada. Todos ellos nos han dejado un tesoro, por siempre han conservado sus experiencias con los espíritus de la tierra legándonos una herencia espiritual inagotable. Pero el hombre ha ido destruyendo todos los espacios cazando, explotando y aniquilando todo lo que tiene vida, rompiendo las cadenas de la existencia. Mientras tanto los legítimos poseedores de aquel mundo ven decaer su cultura y extinguirse sus pueblos sin remedio. Aparte de eso olvidaron contar sus orígenes, olvidaron enseñarlo a sus niños y jóvenes, por eso te hemos traído aquí para que aprendas y enseñes. La resurrección de todo ese mundo desconocido para muchos es tarea de los escritores, si no hay papel que escriban sus letras en el aire, en las hojas y en la memoria de muchos que las transmitan, las honren y las conserven en el tiempo. Durante trece lunas llenas, sin contar la de esta noche, estarás con nosotros escuchando y aprendiendo. Al cabo de ese tiempo volverás a la tierra y nos estará prohibido volver a darte nuestra ayuda, pero a pesar de ello debes transmitir a los jóvenes lo que aprendiste. Comenzaré narrando una historia para que te enteres cómo fui escogida para conservar los relatos sagrados...” 

“Hace mucho tiempo atrás conocí un hombre que cambió mi vida. Ese día el ambiente indefinido parecía emerger de la naturaleza: llovía, pero la lluvia era tan tenue que daba la sensación de que no caía sino que flotaba como producto de nuestra respiración. La luz natural no provenía de un punto preciso sino que diseminada, coloreaba de gris todas las cosas. El aire se sentía helado y muy pesado”. 

“Las tres estábamos con la ropa rasgada y hecha jirones, los ojos enrojecidos por el humo y el llanto, el cabello lleno de tierra, sangre y sudor, cada una con el alma en alguna parte, con el miedo disimulado de no saber lo que vendría después de haber presenciado aquella horrible matanza.  Tres mujeres, solas, distintas, unidas por el deseo de salvar la vida. Todo sucedió tan rápido. Los caballos entraron al pueblo levantando nubes de polvo y con ellos los hombres, los gritos, el humo, las carreras, la confusión. Nuestras miradas se encontraron y nos sentimos unidas. En esos momentos entendimos que vale más la compañía de una desconocida que la de alguien que vemos y tropezamos cada día. El desamparo en cierta medida se alejó y el deseo de protegernos nos hizo correr juntas con todas nuestras fuerzas. Les grité: ¡vamos a la cueva que queda descubierta cuando baja el río!” 

“Con mucho cuidado buscamos el mejor lugar para guarecernos. Nos sentamos una cerca de la otra para darnos calor, el aire estaba frío y la angustia de lo vivido lo aumentaba y se metía en los huesos. Los corazones latían con violencia. A través de la entrada de la cueva pudimos ver los últimos rayos de sol, el olor a humedad se sentía fuerte. Tratamos de mantener la calma. Una joven blanca de cabello largo y ojos claros a punto de salirse de sus órbitas comenzó a hablar, su voz salía ronca y débil: mi nombre es María Trinidad. La casa de mi abuela tiene portón y ante portón, un zaguán de ladrillo y dos ventanales, uno a cada lado de la calle. En el patio central hay un frondoso árbol de mamón con un columpio para Adrián Antonio, mi hermano menor. Al final del segundo patio detrás de una gran puerta de madera un pequeño jardín que siempre llamó mi atención. Al entrar allí se apoderaba de mí una sensación inexplicable, no sabía si era temor, miedo o curiosidad, lo cierto era que mi estómago y mi corazón me avisaban con sus ruidos y latidos que algo fuera de lo común había en aquel ambiente. Ahora tengo esa misma sensación. Siento un miedo extraño. Lo sentí también el día que observé el parto de mi madre”. 

“Toda la casa se estremeció con el grito de mi abuela a mi padre: ¡Corre a buscar a doña Asunción! Marisela está con dolores. Mi padre colgó su delantal de cuero, se sacudió el aserrín y la viruta que imantaban su pantalón de trabajo y atolondrado, salió presuroso a traer a tan importante personaje. Mientras, yo ayudaba a mi abuela a acomodar todas las hierbas, telas, alcohol y remedios que doña Asunción había pedido días atrás para atender el parto cuando llegara la hora. Eran las tres de la tarde cuando se presentó la partera en la puerta de la casa”. 

“Tenía una espigada figura que estilizaba más la larga falda y la manta negra que le cubría la cabeza y se desparramaba hasta el talle, los ojos grandes y muchas arrugas. Entró quejándose y disimulando la molestia de tener que trabajar justamente a la hora de la procesión. Era jueves santo. En fin, dijo, ayudar a buen parir es una caridad cristiana. Se quitó la manta y mostró su peinado con una partidura central que daba mayor serenidad a su semblante, se remangó la blusa y le pidió a mi padre que nos dejara a las mujeres solas, me miró muy de cerca diciendo: ya tienes doce años, ya eres una mujercita”. 

“Cerró la puerta que comunicaba al patio, la habitación quedó alumbrada solo con la luz que entraba por los empolvados vidrios de la claraboya. Enseguida colocó en el pequeño altar del cuarto de mi madre una estampa de la Virgen de Las Mercedes, le encendió una vela privilegiándola sobre todas las vírgenes y santos que eran objeto de la veneración doméstica de nuestro hogar, se persignó e impartió una bendición de tres cruces a mi madre que recibió con ansiedad el buen augurio esforzando una sonrisa”. 

“Acostada sobre la ancha cama esperaba la próxima contracción con temerosa expectativa, pues, a pesar de que este era ya su segundo parto a ella le parecía algo nuevo. Su cabello largo amarrado con un pañuelo blanco resaltaba más sus rasgos hinchados por el embarazo.

Doña Asunción le acercó una taza hasta los labios con maternal afecto – Tienes que tomar este guarapo de linaza para que soportes mejor los entuertos – le dijo mientras sonreía.

Siguiendo con el rito, la comadrona comenzó a forrar todo el copete de hierro de la cama con tiras de sábana que cortaba mi abuela para que en caso que mi madre se agarrase de allí “no le entre un frío y le dé un pasmo”, mientras que yo batía la clara de tres huevos en una ponchera. 

Ahí vino otra contracción que dobló de dolor y desesperación a mi madre y la hizo morder con todas sus fuerzas el almohadón de la cama. Al pasar el dolor Doña Asunción le palpó el vientre, dijo que la posición del niño era correcta y entonces, auxiliada por mi abuela incorporaron a mi madre, la colocaron de pie con las piernas abiertas sobre un pequeño brasero de hierro con carbones encendidos. Yo, callada y admirada, miraba todo con ese mismo temor que siento ahora. La partera como adivinando me dijo: el calentar la vagina ayudará al parto. Luego de un buen rato, cuando el sudor y el llanto de mi madre eran incontenibles, la pusieron de nuevo en la cama”. 

“Cambiando de sitio el brasero puso un poco de vino dulce en baño de maría, cuando calentó, lo mezcló con las claras de huevo y lo sirvió en cuatro tazas que nos ofreció a todas. Hizo un brindis mirando a mi madre: ¡A vuestra salud! Pa´que tengas fuerzas y recibas al nuevo cristiano que Dios mediante será sano y machito. Apenas empezó a tomar mi madre se sentó, parecía que nunca hubiera tenido dolor, me miró y me sonrió, era la de siempre. De pronto, vino un dolor que la tumbó de nuevo en la cama, sudando estiró los brazos hacia atrás, se agarró de las tiras de las sábanas y abrió la boca con una mueca de dolor que contrajo su rostro y agrietó sus facciones. ¡Ya el niño coronó! Gritó la partera”. 

“Auxiliada de nuevo por mi abuela pusieron a mi madre hincada sobre los almohadones con las piernas abiertas. Vino otra contracción ¡tan poderosa! que mi madre dio un alarido interminable, enroscando los brazos en los cuellos de doña Asunción y de mi abuela con una fuerza inaudita”. 

“De pronto, doña Asunción jaló un cuerpecito de un solo tirón. ¡Es machito! gritó. Yo no podía dejar de ver a mi madre, tenía una sonrisa distinta y su cara era otra. La partera cortó el cordón y limpió la grasa y la sangre del cuerpo del niño. Lo aseó con tiras de sábanas y con el agua hirviendo del brasero. Se lo dio a mi abuela que lo abrigó. Luego, introdujo la pala de una cuchara en la boca de mi madre y con ella le apretó la lengua contra el maxilar hasta provocarle las ganas de vomitar, al hacerlo consiguió que con ese esfuerzo mi madre expulsara la placenta”. 

“Mi abuela me dio el niño mientras ayudaba a limpiar a mi madre. Cuando vi su carita ¡no podía creerlo! A pesar de haber observado todo, horas atrás él no estaba con nosotras y ahora, un hermoso bebé dormía en mis brazos. Y en mis brazos hoy también murió asesinado por esos forajidos, solo tenía cuatro añitos”. 

“La joven sintió tanto dolor en su alma que vomitó, sin embargo, no pudo vaciar su corazón de lágrimas. Su voz sonaba ahora entrecortada: dicen las beatas que el demonio ha hecho sus cuevas en las casas de aquí y como no duerme ni de día ni de noche, ni respeta los sábados ni los domingos, ni las fiestas de guardar, se le ha metido en el cuerpo a muchos con el vicio de la carne y que por eso tendríamos un castigo, pero es injusto que nos castiguen a todos”. 

“Nada corre más rápido que el viento de la murmuración en este pueblo, de una a otra esquina, no escapa nada ni nadie cuando se levantan las lenguas de las comadres sobre todo si son mujeres sin oficio, porque todo lo que tienen que hacer es sentarse y entretener el chocolate con conversaciones agudas y picantes, dijo muy bajo la mujer que estaba a mi lado y continuó hablando, su voz parecía un murmullo: soy Tomasa. Bajando por la colina puede verse la vieja casa de la hacienda que ha representado el orgullo de sus dueños por generaciones. Cinco anchos escalones de piedra llevan a la puerta principal enclavada en un largo corredor externo. A un lado, la escalera. Al subirla se siente como cruje la madera del piso que lleva a un largo balcón. Allí hay dos puertas. Una es el cuarto de las señoritas, largo y amplio. Hay un balcón interno, desde allí se puede apreciar el patio central con sus matas de nísperos. La otra puerta es una pequeña habitación, para las sirvientas negras como yo, hechas para el trabajo fuerte en el campo y en la casa, cocinamos, amasamos, tostamos, molemos el café y somos felices en nuestra despreocupación hasta que crecemos y pasamos a ser propiedad del amo, del dueño y señor de todo, al que hay que obedecer ciega y sumisamente”. 

El precioso enlace a la historia que la autora obtiene seguidamente, acredita la inmensa calidad de su oficio, su gran talento de narradora: 

“Una noche se apareció en mi cuarto, yo tenía trece años. Al verlo me asusté, su voz era perfecta para su figura: fría, sin modulaciones, lenta, le costaba expresarse con palabras, pero eso lo reducía con la fuerza de su mirada que imponía respeto y miedo. En ese momento lo sentí, un miedo incontrolable, como el que siento ahora, mis manos empezaron a sudar poniéndose cada vez más frías, los latidos del corazón los sentía en la garganta y una corriente de frío subía por mis piernas con tal velocidad que me costaba dominar las ganas de orinar. Estaba petrificada y algo viscoso y caliente rodó por mis piernas, algo que traspasó y mojó mis medias”. 

“Me tiró en el piso y sin darme tiempo a nada metió un pañuelo en mi boca. Rompió mi bata de dormir. Sentía su respiración jadeante sobre la cara, sus manos callosas sobre mi cuerpo, su boca mordiendo mis senos. Separó mis piernas con las suyas y en un segundo aquel dolor intenso, una y otra vez, un dolor que no terminaba nunca. Mis ojos miraban el crucifijo que había puesto mi madre en la puerta del cuarto para que siempre me protegiera. Hay que trancar la puerta de las habitaciones donde duermen las mujeres decía, porque los muchachos se la pasan con la tranca como un tronco, pero fue un viejo el que abrió mi puerta. Me sentí mareada, con ganas de vomitar. El pesado cuerpo me dejó libre y salió. Me costó levantarme, estaba ahogada, con los muslos llenos de sangre, al fin pude hacerlo y salí, necesitaba aire, no sabía ni entendía lo que había pasado”. 

“En medio de la noche corrí hacia el río, entré y me lavé, el frío del agua aliviaba el ardor de mi vagina, me dolía el cuerpo, el alma y la vida. Es lo que pasa siempre con la honra de las pobres, se derrama como agua en tinaja rota y la honra de las ricas se conserva en aceite y se limpia con paños finos de algodón como si no se gastara y la de nosotras si se gasta y se lava con jabón de tierra. Nueve meses después nació mi hijo, de un solo empujón, al filo de la medianoche, cuando alumbraba bien alto la luna en la montaña, sería Dios que me ayudó a parir, solita en el pozo de la quebrada agarrada a los bejucos de la orilla, el niño salió y cayó redondo en el barro blandito. Lo lavé con el agua fría del pozo, piqué con los dientes la tripa, lo acosté entre las ramas, me metí en el agua y me bañé entre sangre y frío. Así nació mi hijito sin noticias, sin páginas sociales. Y así se murió hoy, lanzado al aire por un desalmado que me lo arrebató de los brazos. También tenía cuatro añitos. Nosotras las negras nacemos y nos vamos solas a dar nuestros frutos, el fruto de la vida, con amor unas veces, sin amor la mayor parte, por las buenas según se presente y por las malas y cabresteadas como si fuéramos yeguas en otras ocasiones. La memoria es así dijo después de un gran suspiro, a veces nos alegra la vida y otras veces como hoy, nos arruga todo y nos dan ganas de ponernos a llorar”.

 

Y esa intrépida reflexión, para mover el alma del nuevo mundo en peligro de extinción, ese acercamiento increíble a un mundo natural que la civilización absurdamente ha olvidado:

Antes de hablar levanté la cabeza de Tomasa secándole las lágrimas. Me llaman Akarantair, la de la dulce boca. Los indios no vemos el mundo como lo ven los cristianos, no tenemos un Dios que castiga, respetamos nuestras propias leyes de convivencia. Muchas veces bajo la luz del fuego escuché las historias sagradas de mi gente y en esos momentos me convertía en una sola con el río y con la selva, éramos tres en uno, así como esta noche lo somos nosotras. Esta mañana mi hijita y yo llegamos muy temprano al pueblo a vender las cestas que las mujeres hacemos en la tribu, nos sentamos en una esquina de la plaza cuando de pronto todo se llenó de polvo. Cerca de nosotras había un hombre de aspecto feroz. Era pequeño, con hombros anchos y manos gruesas. Tenía las piernas arqueadas, la cabeza enorme y la boca le llegaba casi de oreja a oreja. En un momento saltó a un caballo, me miró y soltó una gran carcajada mientras levantaba a mi niña en vuelo cortándole el cuello. Los ojos color miel de mi bella hija aún tenían vida cuando su cabeza cayó en una de las cestas. Mi voz se quebró por la emoción. Las tres nos abrazamos y en la mirada teníamos juntas la rabia y la desesperación.” 

“Unas voces fuertes nos sacaron de nuestro dolor. Instintivamente nos tapamos la boca como si con ello pudiéramos tapar también los latidos de nuestros corazones. Muy juntas y pegadas a las paredes húmedas nos adentramos en la cueva. En ese momento sentimos un ruido extraño, en la oscuridad no podíamos precisar lo que era, pero si podíamos olerlo, los orificios nasales se nos dilataron por el esfuerzo de percibir aquel otro olor que no lográbamos identificar y que nos decía que algo había cerca”. 

“El caimán era de color verde grisáceo, con estrías dorsales de color negro, allí tenía una gran herida, la sangre le salía a borbotones por el corte abierto. Era una hembra que buscaba una playa descubierta del río para poner sus huevos cuando fue alcanzada por aquellos hombres. No había logrado cazar nada y estaba hambrienta, sin comida y herida, pronto moriría. El viento cambió y se levantó. De inmediato se puso alerta y la herida quedó olvidada. Reconoció un olor. Había huellas que conducían a la entrada de una pequeña cueva. Decidió esperar.” 

“En el interior de la cueva las tres mujeres estábamos bien, pero inquietas. Temblábamos, el frío entraba denso y las paredes se filtraban. Escuchamos un trueno y nos aliviamos un poco. Si afuera había un animal la lluvia lo alejaría. El sueño y el cansancio nos vencieron y nos acostamos muy cerca una de la otra”. 

“El animal poco a poco se acercó a la cueva. Tenía un hocico ancho y con la boca cerrada no se le veía ninguno de los dientes inferiores. De pronto, empezó a hacer mucho ruido, como si estuviera bramando. María Trinidad que estaba más cerca de la entrada que nosotras se sentó asustada. La caimana la atrapó por una de sus piernas, queríamos ayudarla, pero la oscuridad y la sorpresa se juntaron para paralizarnos de miedo. Sentí como una de las manos de la joven tocaba mi pie cuando el animal la arrastraba hacia el río sumergiéndola en el agua. Los gritos se escucharon durante mucho tiempo como lamentos de tristeza lejanos, advirtiendo a otros animales que algo sucedía cerca de aquel  lugar.” 

“Tomasa lloraba y temblaba, corría de un lugar a otro tropezando y cayendo. Quería tranquilizarla, pero no lograba atrapar su cuerpo. Sentí una premonición que me sofocaba. Salió de la cueva gritando, una gran piedra detuvo su carrera abriendo su cabeza. Dos cunaguaros salieron de la espesura de los árboles preparándose a tener un gran banquete. Mientras oía el crujir de los huesos del cuerpo de Tomasa al ser desmembrado salí corriendo de la cueva”. 

“Mi calzado, hecho de moriche, me protegía los pies de las piedras afiladas de la orilla del río, sin embargo, al internarme en la montaña las ramas de los árboles me rasguñaban los brazos y las piernas. Mi paso se volvió más lento al caminar entre los árboles. El piso estaba fangoso. Avanzaba y murmuraba plegarias de gratitud por haber salido con vida de los ataques de aquellos animales. Debía encontrar un refugio antes que fuera demasiado tarde y me alcanzaran. Tropecé y perdí el equilibrio, quise agarrarme de algún matorral, pero lo baboso de la roca me hizo rodar. Di vueltas y vueltas rebotando de roca en roca, sentía que cada golpe era como un azote para mi cuerpo. Raspada y herida me detuve al fin al fondo de una hondonada. Un terrible dolor me atravesó la espalda y la pierna. La negrura de la noche me envolvió, me sentí muy sola y grité llena de mucho miedo. La poca fuerza que me quedaba se rindió ante la desesperación, el temor y la soledad cuando caí desvanecida”. 

“Desperté sobresaltada. Al caminar interminablemente había perdido la noción del tiempo. ¿Cuántas horas habían pasado? Un sonido extraño se oía lejano. Volví a sentir un fuerte dolor en la pierna que alguien movía y vendaba con una rama de palma suave y flexible desde la rodilla hasta el tobillo entablillándola con troncos. Estaba acostada sobre una hierba húmeda y se escuchaba claramente el sonido de una catarata.” 

“La voz profunda de un hombre me habló. Sentí sorpresa y dolor. La luz de un fuego encendido lo iluminó, no era nadie que yo conociera, su rostro era alargado y fino. Una nariz pequeña salía entre las espesas  cejas,  debajo de la cual se veían unos labios carnosos que se curvaban hacia abajo a los lados. Por encima de unos pómulos altos aparecían unos ojos negros como paraparas. Algo con una estrella colgaba de su cuello. Una frente amplia con un cintillo de plumas sujetaba un cabello largo y liso. Se inclinó más y le toqué la cara. Su piel era suave y olía  a piedras de río. Era alto. Su cuerpo fuerte estaba desnudo excepto por un pequeño guayuco con flecos atado a la cintura que apenas lo cubría por delante y por detrás dejando los lados descubiertos. Su presencia era sobrecogedora, sin embargo, por extraño que fuera había algo en él que me tranquilizaba.- ¿Quién eres? - Le pregunté con  voz muy débil. Él no contestó sino que se volvió hacia el fuego, tomó una rama ardiente y la mantuvo delante de mi cara para poder verme con más claridad. Se acercó. Levantó mis párpados y observó mis ojos con detenimiento. Son color miel – dijo – eres bella. Arrojó la rama al fuego y terminó de vendarme la pierna. Con una totuma me dio algo de beber. Levantó mi cabeza y llevó el líquido a mis labios. Tomé un sorbo. Era algo caliente y amargo. Los ojos negros debajo de las espesas cejas me miraron de nuevo. Me sentí invadida por una sensación de tranquilidad y paz. Es lo último que recuerdo antes que mis ojos se cerraran presos de un profundo sueño.” 

“El hombre sentado frente al fuego recordó las horas pasadas. Sus indios habían muerto por cantidades. A pesar de que caminaban por las colinas y las selvas como avanzaba la niebla, sin hacer ruido, esa noche habían sido descubiertos y asesinados. Y allí estaba él, solo, lleno de impaciencia, rabia y desesperación porque no supo oler el ataque y ahora, escondido entre esos árboles la voluntad se desesperaba, el alma pesaba y la noche tenía un silencio demasiado lleno de ruidos, un vacío demasiado lleno de cosas. En lugar de compasión, sintió vergüenza de lo sucedido, de la crueldad de esos hombres que se sentían dueños de todo, de sus vidas, de sus tierras, de sus almas. Sintió que era otro. Amaría a esa mujer y engendraría un hijo en ella para que fuera su continuación, para que su raza no muriera, le enseñaría los secretos de la selva y el río. Se acercó a la mujer. Se inclinó más y percibió el olor de su cuerpo. Su cara, vuelta de lado estaba parcialmente oculta por el cabello. Quiso abrazarla. De pronto algo lo paralizó y recordó la voz de su padre y de su abuelo: ama, respeta y cuida a la mujer que escojas como madre de tus hijos. Se acostó a su lado y el sueño reparador llegó pronto a su cuerpo”.

 

“Cuando abrí los ojos sentí un tenue rayo de luz entre los árboles. Busqué con la vista a mi salvador desconocido y allí estaba haciendo una especie de chinchorro con troncos. Recordé que había visto una vez a mi padre haciendo algo similar. Buscar y cortar la madera con hachas de piedra, darle forma y alisarla es una ardua labor, este hombre debía tener horas trabajando. A lo lejos sentí el olor a comida. En un pequeño fuego se asaba algo, noté cómo la grasa goteaba y salpicaba y un humo fragante se elevaba despertándome el apetito. Él volteó. Adivinó mi pensamiento y me trajo algo de comer, al tratar de incorporarme me dolió todo el cuerpo, pero sus brazos fuertes lo levantaron como si fuera una pluma. En ese momento me di cuenta de los dos hombres que estaban amarrados cerca del fuego. Era difícil ver sus caras claramente ya que la sangre y los moretones las cubrían, pero me pareció que las manos de uno de ellos fueron las que asesinaron a mi hija. ¿Quiénes son?- Pregunté al oído de mi salvador- Asesinos, respondió él, de mujeres, niños y animales. Esperaban que la caimana que mató  a tu amiga muriera para desollarla y vender su piel. Yo haré lo mismo con ellos. No preguntes más”. 

“Las chicharras no paraban de cantar anunciando lluvia, en mi mente se agolpaban los recuerdos de todo lo vivido, se unían los gritos de Tomasa y de María Trinidad con los ojos de mi hija, con los cuerpos mutilados y destrozados por aquella carnicería cruel e inhumana. Una tristeza profunda se apoderó de mi alma y sentí más miedo de esos hombres  que de la selva y el río. Yo comía y él trabajaba, en silencio, sin descanso. Estaba sorprendida por su fuerza, su habilidad y su silencio. ¿Quién era ese hombre tan especial?

Hay que partir - dijo mi compañero - la lluvia llegará pronto. Me acostó sobre el catre improvisado y lo amarró a la cintura de los prisioneros con unas largas tiras de moriche. A pesar del dolor de mi cuerpo y de mi modorra que no me permitía estar totalmente despierta sentí que avanzábamos rápido. Llegó la tarde, los crepúsculos aparecieron en el cielo. Los hombres ya no caminaban, se arrastraban con el peso de mi cuerpo atado al de ellos. El indio deshizo las ataduras y los amarró a un árbol, ya no parecían humanos, una sola mancha de sangre cubría sus caras y sus cuerpos. Amarró a su cintura el catre con mi cuerpo y seguimos el camino hasta que llegamos a la orilla de un pozo que formaba una espléndida catarata”. 

“Ante esa vista mi cuerpo sucio y pegajoso sintió deseos de estar dentro de sus aguas. Traté de hacerlo. El hombre nuevamente adivinó mi intención. Se quitó el guayuco y el tocado de plumas. Me tomó en sus brazos y me llevó al río. Al contacto del agua lo que quedaba de mis ropas terminó de desaparecer. Mi cuerpo disfrutó esa frescura. Él lo sujetaba manteniendo mi pierna fuera del agua. El contacto con su cuerpo fue inevitable. Con una mano limpiaba la sangre y el barro seco que tenía en el mío. Sentí mi corazón palpitar, mis pezones endurecidos respondiendo a sus manos lo apuntaban, a sus cuidados que yo sentía como caricias. Me abandoné en la sensación y busqué su boca, nos besamos, larga y profundamente, como si con ese beso rompiéramos todos los momentos de dolor de nuestras vidas. Sentí el deseo de arroparle el alma con mi ternura. Mi amor de india caribe se convirtió en río y mi compañero en canoa, navegando y degustando todas mis aguas, mis playas, mis ensenadas y mis bahías, acariciando mis montañas con vehemencia y con suavidad. Yo a ratos me volvía tempestuosa, volteando y hundiendo la canoa hasta montarla poniéndola debajo de mis aguas, explorando todas sus astillas y reparando todas sus cicatrices, hasta que la tempestad que nos envolvía amainó y la canoa volvió a flotar sobre mí dándome mil besos y llevándome a la orilla mientras una lluvia de miel de estrellas caía sobre nuestros cuerpos. Así fue engendrada mi preciosa hija, la que te trajo hasta nosotros. Me depositó en el suelo con suavidad, se acercó a mi oído y dijo muy suavemente: te voy a dejar mi legado, debes enseñarlo a nuestra hija y ella a otros y así siempre, para resguardar los secretos heredados”. 

“El descanso en el chinchorro y al día siguiente la comida, casabe mojado en salsa de bachacos y kachiri, nos devolvieron     las fuerzas perdidas. Fuimos al árbol donde habían quedado los prisioneros, solo había despojos, los animales los habían destrozado”. 

Y ese otro cuadro llevado adrede al enlace de un libro que nadie debería dejar de leer:

“Regresamos al río. El indio sin nombre que había salvado mi vida y me había amado en ese mismo sitio entró al agua y llegó a la piedra del centro. Se acostó sobre ella, cerró los ojos y se perdió en los sonidos del agua y la catarata sintiendo cómo la misteriosa fuerza de la naturaleza penetraba en su mente y en su cuerpo. Como un sueño, elevándose desde las misteriosas profundidades de la piedra le llegó la sabiduría y el conocimiento quedó expuesto totalmente dentro de él. Se oyeron voces y cantos sagrados. Al salir del agua era otro, su cuerpo emitía luz. Se sentó frente a mí y habló: la tierra piensa, sabe, siente, salva  a los que quiere y destruye a los que rechaza. Está cubierta con nuestras huellas. Es el lugar donde tenemos nuestro principio, donde nuestros antepasados vivieron. Hay que respirar a su ritmo y respetar su espíritu. Cuando logras hacerlo te elevas con la energía de todo lo que vive y entras en contacto con otras dimensiones, con otras realidades. Tomó mi mano y me llevó a la piedra del río donde me llené de sabiduría al igual que mi compañero. Sentía las vibraciones de su conciencia ahora con una nueva configuración. Me hallaba en una nueva dimensión de tiempo. Me había vuelto una proyección cósmica del otro. Las imágenes fueron muy rápidas. Fue como si el universo se hubiese formado allí, delante de mis ojos, en un instante de total intensidad. Mis sentidos vibraban a la frecuencia cósmica, algo imposible de describir, dejé de ser masa para ser energía. Tenía la certeza de que nunca más volvería a ser la misma. Nueve lunas llenas después nació nuestra hija y nos trasladamos a Brillantis con parte de nuestro pueblo y muchos otros pueblos de América de los que empezaré a contarte sus inicios…” 

“En la siguiente luna llena, la luna del lobo, nos reunimos nuevamente a la orilla de un gran río. Akarantair apareció vestida con una manta de algodón, un turbante de hojas con alfileres de huesos con oro y en los brazos y tobillos pulseras de conchas de río. Me sentó a su lado y con su dulce boca comenzó a decir… 

“La cosmogonía indígena nos enseña que la comprensión de la naturaleza, la noción del devenir cósmico y la interacción con lo que acontece en el tiempo del mundo son la fuente para la comprensión de la existencia. Voy a contarte para que cumplas tu misión de transmitir las historias de nuestros pueblos, la manera cómo algunos de ellos cuentan a sus niños y jóvenes la creación del mundo. Empezaré por la tierra donde nací, hoy en día la llaman Venezuela. Mis raíces vienen de  los Waraos, nombre que quiere decir “hombres de las canoas”. Es un pueblo que vive a orillas de los caños que forman el delta del río Orinoco desde hace catorce mil años. Para ellos el hombre apareció en la tierra después que las plantas y los animales estaban en ella. Un par de hermanas solteras formaron al hombre de una hoja de palma. La mayor lo recibió de marido y dio a luz un espléndido muchacho al que le puso por nombre Haburi. El jaguar, que era vecino de las muchachas trató de apropiarse del niño. Asustadas ellas huyen y en la huida se encuentran con Wauta, una ogresa transformada en rana que le encantaba comer miel, quien al mismo tiempo de darles protección intenta también robarse al joven para hacerlo su marido. La ogresa mata al jaguar y Haburi logra huir con su madre y su tía dejando a la ogresa abandonada. Los tres huyen de nuevo, esta vez, en una canoa que se convierte junto con los remos en tres animales, la canoa en un cachicamo hembra y los remos en un cachicamo macho. La canoa ya transformada se fue al centro de la tierra y se convirtió en la madre del bosque y en la primera shamana, pero como no le gustaron los pantanos se fue al centro de la tierra, luego de eso apareció el primer hombre y la tribu de los Waraos. Ellos ocuparon los espacios libres que había en la tierra. Akarantair se levantó, dio una vuelta y miles de estrellas multicolores la rodearon que al desvanecerse dejaron a la vista su nuevo vestuario, una preciosa manta guajira hecha con tejido de hilo de muchos colores. Dos cordones por dentro amarrados al cuerpo le daban una forma armada por delante y totalmente suelta por detrás. En el cuello lucía muchos collares y en la frente un cintillo grueso tejido”.

 

“ En lo que hoy llaman el Zulia vivían los Wayuu, un pueblo indígena numeroso. Se asientan en pequeñas aldeas y se organizan en clanes matriarcales presididos por un tótem animal que representa un linaje asociado a un territorio ancestral. Ellos nos dicen que hace mucho tiempo el aire, la tierra y las plantas eran humanas. La madre tierra era una mujer hermosa, un ser muy sensible que sentía miedo ante los truenos. El creador era un hombre valiente. Un día decidió conquistar a esa maravillosa mujer. Para encantarla decide  enviarle todos los días, en la mañana, un rocío desde el cielo. La dulzura que dejaba en el aire ese rocío logró enamorar a la madre tierra y entonces se unieron ese hombre y esa mujer. De ellos nacieron las plantas con facultades de pensar y curar. Pasó el tiempo y como las plantas no pudieron utilizar ese conocimiento para pensar y traer nuevos habitantes a la tierra el creador decidió hacer a otros seres humanos y a los animales, es así como convivimos todos aquí”. 

 “De nuevo Akarantair se levantó y la envolvió la nube de estrellas multicolores que al desaparecer mostró a la mujer vestida con dos piezas que dejaban al descubierto su precioso cuerpo. Eran rojas, pintadas con onoto, un arbusto que da una semilla pequeña con la que los indígenas pintan sus trajes, cara y cuerpo. En el cabello tenía una corona de plumas y estaba adornada con muchos collares, sus pies estaban descalzos.” 

“ Los pemones viven en la Gran Sabana venezolana. Su nombre se traduce como “gente”. Para ellos, Amilavaca fue el creador de la humanidad, del río Orinoco y del viento. En principio hizo a los hombres inmortales, pero en castigo a sus faltas los volvió mortales. Hubo una gran inundación. Amilavaca salió entonces en una canoa a recorrer el mundo y junto con su hermano Vochi fueron reparando los daños del diluvio después del cual solo había quedado una pareja de humanos vivos. Ellos se fueron a una gran montaña llevando semillas de palma de moriche y desde allí las dispersaron lanzándolas hacia el mundo. De estas semillas nacieron los hombres y las mujeres que viven en la tierra”. 

“Cada día genio aprendía más. Brillantis era una estrella preciosa. Su paisaje, muy parecido al de la tierra tenía mucha agua. El pueblo de brujita se trasladaba a nuevos lugares a esperar la próxima luna llena y esos traslados se convertían en una hermosa romería que genio disfrutaba al máximo. Poco a poco se iba dando perfecta cuenta qué clase de gente eran y lo habían cautivado con su cordial amistad conquistando su corazón. Uno de ellos era Katari, un indio joven, muy guapo, dotado de mucho ingenio y de una jovialidad inagotable. Había en él algo sugestivo, cautivador y poderoso. Gustaba mucho a las mujeres. Su amistad fue una de las más preciadas para genio. Los unió ese sentimiento envolvente que crea el tiempo en los afectos sinceros”. 

“En la segunda luna llena, que seguía siendo la luna del lobo, llegamos a las faldas de un volcán blanco y majestuoso. Akarantair esta vez usaba una manta de lana sedosa de vicuña, con una tiara de oro en la cabeza y en los pies sandalias hechas de cuero del cuello de la llama. Todos los trajes que lucía tenían relación con la tribu de la que hablaba. Cada vez más lo atrapaba la voz y la personalidad de esa mujer. Esta noche te hablaré de los Incas. Ellos tenían un vasto imperio con una red de carreteras que unía lo que hoy llaman Colombia en el norte de Suramérica con una región al sur llamada Tucumán en Argentina. Para ellos el mundo fue reconstruido después de un diluvio por el dios Wiracocha quien apareció con un vestido talar, largas barbas y sujetando por la brida a un animal desconocido. Surgió del lago Titicaca con la misión de formar el sol, la luna, las estrellas y fijar su curso en el cielo. Luego modeló en barro un buen número de estatuas tanto mujeres como hombres y las animó para que poblaran la tierra. Con el pasar del tiempo los hombres olvidaron el mandato de su dios, se enemistaron y cayeron en la esclavitud de sus bajas ambiciones. Entonces Wiracocha asaltado por la desesperación y la ira volvió a salir de las aguas del lago Titicaca, se dirigió al Tiahuanaco y allí convirtió en piedra a sus criaturas desobedientes, excepto a quienes huyeron hacia las montañas para vivir como tribus salvajes. Wiracocha inconforme con el desenlace, ordenó al sol que enviara a la tierra a su hijo Manco Cápac y a su hija Mama Ocllo con el fin de reformar a los rebeldes y enseñarles una vida civilizada hasta un sitio donde se hundiera en la tierra una vara de oro que llevaban. El bastón se hundió junto al monte Wanakauri donde se echaron los cimientos de la ciudad sagrada del Cuzco, nombre que en lengua quechua quiere decir “el ombligo del mundo”. 

 “Al día siguiente muy temprano se dispusieron a seguir la caminata para el encuentro con la próxima luna. Esta vez el corazón de genio iba de fiesta con brujita caminando a su lado. Conforme pasaban los días iba descubriendo en ella algo nuevo, desconocido para él hasta entonces, como si hubiese permanecido oculto a propósito o como si ella misma hubiese tratado de esconderlo a sus ojos ¡Y qué placer le producía cada descubrimiento! El corazón le daba un vuelco y se le nublaba la vista al conversar con ella, ya no podía ocultar que estaba enamorado de aquella chica tan especial. Llegaron después de muchos días a un precioso lago con pequeñas islas. Una mujer fue la encargada de encender el fuego sagrado. Se sentía un grato olor que genio aspiraba con delicia. Es copal – aclaró brujita – es la resina de un árbol que cuando se quema produce esas volutas blancas que ves en el aire, son consideradas divinas y produce igualmente, la grata fragancia que percibes. Ella es una sahumadora, una guerrera portadora del sahumador y sus esencias. Actúa como intermediaria entre el mundo visible y el no visible, transmuta vibraciones, crea armonía y permite entablar el diálogo entre el cielo y la tierra. Genio, una vez más, estaba sorprendido de la sabiduría y la belleza de aquellas personas”. 

 “Akarantair llegó con la luna llena, la luna del gusano. Vestía enagua y huipil, una falda larga y blusa igual larga sin mangas, el cabello estaba partido por la mitad y peinado con dos trenzas. Se sentó frente al fuego y comenzó a hablar. En la meseta central de lo que hoy llaman México se establecieron los mexicas. Allí fundaron su ciudad capital llamada Tenochtitlán. Según ellos, el supremo creador de todo fue el dios Ometecuhlti, era un dios andrógino, hombre y mujer a la vez. Esa pareja cósmica dio a luz cuatro dioses que más tarde crearían cada uno de los soles de los cuatro mundos. Cada uno de esos dioses luchaba por la supremacía del mundo empleando su propia fuerza cósmica: tierra, fuego, viento y agua. Mientras esas fuerzas se mantuvieran en equilibrio el mundo estaría en orden, pero si se producía un desequilibrio cósmico, todo desaparecería, y así sucedió. Lluvias excesivas destruyeron el primero, lluvias de fuego el segundo, terremotos el tercero y los hombres del cuarto fueron convertidos en monos. Todas las creaciones habían sido destruidas por una catástrofe y con ella habían desaparecido el sol, la tierra y los seres humanos. Entonces los dioses se dieron cuenta que la existencia del quinto sol sólo sería posible con el sacrificio de un dios. Así los dioses decidieron levantar una enorme pira con un gran fuego, pero ninguno de ellos se atrevía a sacrificarse. Hasta que lo hicieron y se transformaron en los astros que componen el firmamento”. 

“Cada día que pasaba era una experiencia nueva, un conocimiento distinto y un aprendizaje que le demostraba a genio lo poco que conocía acerca del origen y las costumbres de esas maravillosas culturas. Genio sentía que era un deber difundir esos conocimientos. Las caminatas eran, de igual forma, mágicas. Además de las personas con sus cantos, risas y alegrías los acompañaban toda clase de animales, muchos de los cuales genio no conocía y con ellos los niños, saltarines y felices. Uno especialmente llamó la atención de genio por su lenguaje poético, a cada cosa le hacía un verso o le escribía una historia. Esa mañana caminaba a su lado cantando una canción que él mismo había compuesto, genio se deleitaba con la letra, la escuchaba con mucha atención tratando de aprenderla: Y cuentan que un indiecito que tenía un pajarito por corazón, montado en su guacamaya a la orilla de una playa aterrizó, sin tener fortuna alguna, con ternura y con premura un mundo se construyó, donde la lapa era reina y el gavilán era un rey, donde el caimán no se come sus fantasías de papel, donde la luna es el sol, donde el mar es una estrella y donde la vida es bella y se llama libertad su capital, laralalalala .La preciosa canción en la bella voz del niño acompañada del sonido de flautas y tambores se convirtió en una melodía que arropó el alma de todos los que caminaban. Llegaron a otro gran río y de nuevo, luego de muchos días otra luna llena estaba en el cielo, la luna del huevo. Akarantair vestía solamente un guayuco, el cabello largo tapaba totalmente sus pechos, adornaban su cuello muchos collares de semillas, en los brazos y en los tobillos tenía pulseras de plumas y en la cabeza llevaba una especie de corona con plumas y ramas. Su dulce boca habló de nuevo” 

“Te contaré hoy acerca de los Nukak. Viven en la región que hoy llaman Colombia. Son quizás, los seres humanos más auténticos y bellos que conozco y uno de los últimos grupos nómadas en la tierra. Por siglos han caminado las selvas colombianas en armonía con la naturaleza. Para ellos Idn Kamni utilizando su saliva y tierra hizo el mundo antes de que fuera quemado por las llamas que vinieron desde abajo del río Venado, que se formó al tumbar el árbol de Ye, allí fluyen todos los ríos de este mundo. Creó luego la noche y el sol se detuvo. La primera gente que vino al mundo llegó en una canoa culebra que desovó en los rápidos del río de la leche. Los jaguares se comieron el clan de Idn Kamni y éste los vengó al darles muerte con el rayo. Luego Idn Kamni hizo goma de balatá y soplando con humo hizo una mujer culebra que quería como esposa y con ella tuvo un hijo; de su vagina de dientes de piraña gestó las alimañas de este mundo. Idn Kamni buscó entonces otra mujer y la vomitó. Pero esta mujer agutí se fue a la casa de los buitres a quienes Idn Kamni tuvo que ahogar. Después buscó miel y mató a esa otra mujer. Luego hizo un baile y se fue al cielo.” 

“Cada veintinueve días llegaban a un nuevo sitio. Tardaban media noche en instalar el campamento y medio día para levantarlo. Esa mañana todos disfrutaban de la hermosura del día. El sol salía muy temprano y se ocultaba muy tarde. Alboreaba antes de la madrugada y el crepúsculo resplandecía aún a las diez de la noche. Durante todo el día la luz del sol se derramaba como bendición del cielo despertando los mil murmullos de la vida que renacía. Brotaban rumores y risas de toda la tierra con la infinita alegría del vivir. Todos cantaban y se movían naciendo de nuevo a la vida, desperezándose del sueño nocturno. Ascendía la savia por los troncos de los árboles, se cubrían de brotes las plantas. Se deslizaban a recibir la tibia y cálida caricia del sol multitud de animalitos e insectos. Chillaban unos, cantaban otros y arriba, sobre el fondo azul del cielo todos los que tienen alas. En las colinas se escuchaba la risa cristalina de las aguas que bajaban en corrientes y la música queda de los manantiales y las gotas parecían pequeños cristales flotando en los ríos. Y entre aquel estallido de vida, bajo la caricia del sol y el dulce suspiro de la brisa caminaban aquellos seres maravillosos, indígenas de muchas partes y en medio de ellos, llenos de felicidad brujita y genio vivían su amor”.

 

“Y llegaron a una tierra fría. Y con ellos llegó otra luna llena, la luna de la leche. Akarantair apareció vestida del cuello a los pies con una manta larga de piel de guanaco, con el pelo hacia adentro y en la cabeza un gorro de piel con plumas. Los Tehuelches fueron una población indígena que se asentó en lo que hoy llaman la Patagonia Argentina. Se han extinguido totalmente. Solo quedan los que están con nosotros en Brillantis. Los Mapuches, vocablo que quiere decir “gente de la tierra” son un pueblo indígena que vive en la tierra que hoy se llama Chile. Se les conoce también como araucanos. Ellos comparten la historia de la creación. Nos cuentan que “el que siempre existió” vivía rodeado por densas y oscuras neblinas allí donde se juntan el cielo y el mar, hasta que un día, pensando en su terrible soledad, lloró y lloró por un tiempo incontable y así sus lágrimas formaron a  Arrow, el mar primitivo. El eterno Kooch al advertirlo dejó de llorar y suspiró. Y su suspiró fue el principio del viento. Entonces Kooch quiso contemplar la creación, se alejó en el espacio, alzó su mano y de ella brotó una enorme chispa luminosa que rasgó las tinieblas. Había nacido el sol. Con él la sagrada creación tuvo la primera luz y el primer fuego, y con él nacieron las nubes. Y los tres elementos del espacio armonizaron entonces sus fuerzas para admirar y proteger a la tierra de la vida perecedera que Kooch había hecho surgir de las aguas primeras”. 

Conforme evoluciona el libro, uno se da cuenta fácilmente que estamos ante una gran escritora que tenemos que reconocer, porque en el texto y en su contexto, hay secretos semióticos, morfológicos y sintáxicos, que nadie se había atrevido a eslabonar, y menos en una obra como ésta en la que trajinan y conectan varios mundos, que al final son seguramente uno solo en la mente de su Creador. Por eso que en ese vértigo, en ese entrar y salir de un mundo para irnos a otro, todo se celebra, y las palabras son solamente un pretexto para armar un ser con vida propia, que perteneciéndole a Maigualida Pérez González, nos pertenece también a todos sus lectores, que terminamos rendidos ante su talento: 

“Esa noche, después de la historia Akarantair continuó hablando: hemos obedecido las leyes, las de la tierra, que son las nuestras, y las de los hombres. No hemos hecho daño a nadie. Y sin embargo, nos han robado todo. Nuestra era toda la tierra porque fue de nuestros padres y abuelos. Pero los hombres vinieron un día como si fueran mansos corderos hablándonos humildes y afectuosos, porque entonces éramos muchos y nos temían. Vinieron dos clases de hombres. Los corderos disfrazados de lobos y los que nos pidieron permiso para predicar la palabra de su dios, sin interesarse en aprender de los nuestros, ni siquiera para conocerlos. Así comenzó la destrucción. Hoy es de ellos la tierra entera y la han destruido. Los unos y los otros.”

 

“Estábamos todos sentados, coronados con guirnaldas de plumas, bajo el manto perfumado y luminoso de la noche escuchando las palabras sabias de Akarantair. Hoy volvemos a tener fe y a creer en un hombre que no es de nuestra raza, él dirá la verdad a través de sus letras y sus palabras, si logra que crean en él y encuentra un alma pura en quien depositar la historia de todos nosotros el mundo volverá a ser lo que era en sus inicios. Por primera vez desde que llegó genio sintió un profundo temor de no poder cumplir con tan serio compromiso”. 

“Los días siguieron pasando y las caravanas avanzando. Llegaron a unas cataratas preciosas. Había muchas de ellas. El ruido de todas era majestuoso. Genio estaba ensimismado ante tanta belleza. Se quedó observando todo y grabando en su memoria aquellos paisajes. Hasta que llegó la noche y con ella otra luna llena, la luna de las flores y con ella llegó Akarantair  vistiendo un tupai, una túnica de algodón sujeta por el hombro con diseños geométricos en el tejido. En el cuello collares de plumas y semillas, en los dedos anillos de cáscara de frutos de la palmera y en la cabeza un tocado de plumas”.

“ Los Guaraníes, comenzó a decir, fueron un pueblo que habitó en una tierra que hoy en día limitan tres países a los que se conoce como Paraguay, Argentina y Brasil. Ellos nos dicen que al principio de los tiempos existía el caos formado por la neblina primigenia y los vientos originarios.  Ñamandú se crea a sí mismo en medio de tan inmenso caos y lo hace a manera de un vegetal. Se afirma sobre sus raíces (los pies), extiende sus ramas (brazos con manos florecidas, dedos y uñas), construye su copa (cabeza con diadema de flores) y se yergue como árbol en postura de elevación celestial. Una vez autocreado su corazón comienza a resplandecer Con esa luz elimina las tinieblas. Después concibió la palabra creadora, Ayvú, que será legada a los humanos para que estos desarrollen el lenguaje. Concluida la creación de su cuerpo crea  otros tres dioses que lo ayudarán en su tarea. Los tres compañeros con sus respectivas esposas fueron creados sin ombligos por no ser engendrados de ninguna mujer. Además les impartió la conciencia de su divinidad y la esencia sagrada del Ayvú. Los cuatro compañeros crean entonces la tierra. Ñamandú cruzó dos varas indestructibles para asegurar que los vientos no la movieran y la sostuvo con cinco palmeras, una en el centro y las otras cuatro cada una en un extremo. Crean también el mar, el día y la noche. Luego los animales, el primero fue la serpiente y comienzan a crecer las primeras plantas. Aparecen luego los hombres que conviven con los dioses”. 

“Y siguieron avanzando. Brujita y genio estaban embargados en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio puro, fuerte, palpable. Observaban el paisaje, primero desiertos, luego valles que simulaban grandes oasis, árboles con el humus depositado por años en los troncos. Las piedras, que habían estado siempre allí, en las raíces del silencio, enormes algunas, diminutas otras se presentaban ante ellos salpicadas de musgo y líquenes con siglos de antigüedad. Cruzaron puentes, algunos colgantes para llegar a unas maravillosas aguas termales, aguas volcánicas donde se sumergieron con el calor que desprendían, calor del volcán que los acogió en su seno y les permitió disfrutarlo. Se sintieron renacidos y felices hasta que llegaron a otro precioso y enorme lago”. 

“Y nuevamente llegó la luna llena, la luna del heno. Akarantair apareció vestida con un asko, un traje largo marrón y negro ceñido a la cintura con una wincha. Las orejas y el cuello adornados con collares de perlas de variados colores, el cabello largo lo llevaba trenzado hacia atrás con dos trenzas recogidas en la espalda y decoradas con bolitas de lana. En la cabeza un sombrero de paja”. 

“Los Aymara  son un pueblo localizado en el Lago Titicaca, en la frontera de los países que hoy llaman Perú y Bolivia. Tienen tres espacios espirituales: el Arajpacha, es el este u oriente, simboliza la luz y la vida, es el origen del agua, el sol y la lluvia. El Akapacha, es el centro, son los valles y quebradas, donde habita el hombre aymará, es el espacio que queda entre el cielo y el infierno o entre la vida y la muerte. El Manquepacha, es el oeste, la muerte y la oscuridad, allí es donde se pierden las aguas y termina la vegetación, es el desierto y también la dirección donde van los muertos. Allá  se fue Viracocha el dios creador y cultivador de los Andes después de haber terminado su obra de creación”. 

“Durante muchos días continuaron el viaje. Cuando asomaban en el cielo los primeros resplandores del alba ya llevaban caminado un buen trecho. Cruzaron ríos, a veces remansos suaves que simulaban espejos y otros rápidos, fuertes y caudalosos. Descendieron luego por una ladera cuya pendiente se perdía en una llanura inmensa cubierta de extensos bosques y cortada por numerosos arroyuelos.  Allí descansaron para esperar la llegada de la luna llena, la luna del grano. Akarantair llegó vestida con una manta suave de algodón, muy colorida y un cintillo con plumas en la cabeza”. 

 “El pueblo Bribri estaba asentado en la Cordillera de Talamanca, en el país que hoy se conoce con el nombre de Costa Rica. Ellos nos dicen que al principio todo estaba en tinieblas, habitadas únicamente por los srbulus, seres que vivían en cuatro mundos. En uno de ellos había enormes piedras por todas partes. El primer ser que surge es Sibokomo, “el que manda”, el cual salió de un árbol. Él tenía unas piedritas pequeñas con las que hablaba, con ellas curaba a la gente. Era un gran sukia. Entonces su piedrita vio que se podía hacer el mundo. El lugar en donde estaba Sibokomo era abierto al vacío, no se veía nada, era infinito como el cielo. Estaba el señor ahí sin hacer nada cuando la piedrita pensó: Allí abajo hay una muchachita, ojalá mi padre se la lleve a examinar lugares con nosotros. La muchacha era la sobrina de Sibokomo. Éste quiso tener relaciones con ella, de allí sale lo bueno y lo malo. Entonces, una de las piedras mágicas de Sibokomo, el macho, se introduce en el vientre de Sitami, la sobrina y la embaraza. De este embarazo nació Sibú, creador de todo lo que los rodea, las aguas, la tierra, el sol y la luna.” 

“La mañana estaba fresca cuando continuaron el viaje, con un agradable olor a canela en el aire. Esta vez caminaron por una verde y espesa selva atravesando tierras anegadas. La incertidumbre y la emoción estaban a flor de piel, pero felices, todo el grupo se dirigió al encuentro del nuevo paraíso. Prepararon una especie de bastones hechos con troncos delgados para poder abrirse espacio en medio de la tupida vegetación. De repente escucharon una voz que dijo: ¡a caminar! En algunos lugares los pies se enterraban fácilmente hasta llegar casi a las rodillas. Hicieron una cadena humana para atravesar el pantano para que nadie se quedara pegado. Luego, usaron las largas y gruesas lianas de los árboles para saltar grandes huecos pantanosos. Genio, un poco asustado, miraba hacia todos lados tratando de descubrir de dónde surgiría la nueva sorpresa. Brujita lo observaba y sonreía. Está anocheciendo y la luna llena no tarda en llegar, la luna de la cosecha. Con ella llega también Akarantair. Esta vez su vestuario era un hipil ancho y largo, delgado y transparente con dibujos de brocado, amarrado a la cadera y adornado con una especie de cordón labrado. En los pies llevaba sandalias y el cabello estaba suelto sujeto por una vincha de tejido labrado. Y comenzó a hablar”. 

“Los Mayas eran un pueblo que habitó las regiones que hoy llaman Yucatán y parte de Guatemala. Ellos nos dicen que en el tiempo primordial cuando solo existían el cielo y el mar, los dioses creadores, padre y madre, decidieron la aparición del hombre y del mundo. Por medio de la palabra hicieron emerger la tierra y los seres que la habitaban: árboles, plantas y animales. Los animales fueron interrogados por los dioses para saber si podían reconocerlos y venerarlos, pero no fueron conscientes ni supieron hablar. Entonces los dioses formaron en sucesivas edades cósmicas hombres de barro y madera, pero no respondieron a sus deseos. Los de barro fueron destruidos por un diluvio y los de madera se transformaron en monos hasta la llegada de un diluvio de resina ardiente que los desapareció. Finalmente los creadores encontraron la materia sagrada: el maíz, que mezclado con sangre de serpiente y de tapir dieron como resultado al hombre requerido.” 

“Y siguieron caminando y aprendiendo. Ríos y mares antiguos habían desgarrado la tierra de norte a sur cavándola en lo más profundo dividiendo las montañas que tomaban formas caprichosas con afiladas puntas creando grandes gargantas inhóspitas. Genio tenía una emoción contenida. Su espíritu tomado de la mano de su imaginación comenzó a volar, se sintió libre y se dio cuenta que de alguna forma amaba a esos pueblos desde siempre, a esos imponentes acantilados, a la línea ondulante de la montañas a lo largo del horizonte, a los picos llenos de nieve. De repente, como una singular visión dentro de aquel paisaje apareció la luna llena, la luna del cazador y con ella la preciosa Akarantair, la mujer que había cambiado totalmente su vida con sus enseñanzas. Estaba vestida con una manta larga que cubría por completo sus brazos y le llegaba a los tobillos. Estaba hecha de pelaje de conejo entretejido con fibras de yuca, un cinturón con fibra vegetal y pelo animal. Calzaba unos mocasines de piel. El cabello en dos largas trenzas y en la frente un cintillo de piel”. 

“Anazasi, comenzó a hablar, es una palabra en navajo que significa “los antiguos”. La región llamada “las cuatro esquinas” conocida así por la confluencia de cuatro estados que hoy llaman Arizona, Utah, Colorado y Nuevo México fue su espacio. Se extinguieron hace mucho, aunque en Brillantis tenemos algunos. Sin embargo, sus espíritus en esas regiones siguen teniendo una poderosa presencia. Sus creencias están muy ligadas a la de los aztecas. Para ellos la serpiente tiene poderes mágicos. Colocando víboras en su boca afirmaban ser uno con la naturaleza y la tierra, solo ellas tienen el poder de invocar el poder de la lluvia. Hay una historia favorita para los indios anazasis que dice que una noche un coyote encontró un cazador herido, lo miró directamente a sus ojos y pudo ver su alma, entonces se sentó a su lado y en lugar de atacarlo le lamió las heridas para que cerraran y luego, al día siguiente lo condujo de regreso al campamento por un atajo. Algunos dicen que se trataba del espíritu protector del cazador bajo la forma de un coyote. Otros que el coyote reconoció la bondad del hombre en sus ojos”. 

(...)

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MAIGUALIDA PÉREZ GONZÁLEZ O LA ESPERANZA CONTRA EL CAOS


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ESCRITORA DISTINGUIDA
Comentario de Mary Flor Ramírez Barazarte el julio 20, 2013 a las 5:29am

Guao excelente trabajo, excelente prologo  felicitaciones a ambos Dios les bendiga. siempre es un orgullo decir Yo también soy América .   MAIGUA  Y CARLOS  A SEGUIR COSECHANDO TRIUNFOS .

 DIOS LES BENDIGA 

Comentario de Maigualida Pérez González el junio 19, 2012 a las 8:39pm

Robert la idea es presentarlo en toda América por la importancia de su contenido. En agosto estoy comprometida en ir a Argentina y a Chile, pero ya nos pondremos de acuerdo para presentarlo en Panamá. Mi correo es mapego@yahoo.es. Por favor escríbeme para mantener el contacto. Y de nuevo muchas gracias amigo. Un abrazo

Comentario de Maigualida Pérez González el junio 19, 2012 a las 7:43pm

Gracias a todos por sus comentarios. Este libro fue premiado en julio del año pasado por la Asociación de Escritores de Argentina, se presentará próximamente en Venezuela, Perú, Bolivia y Colombia. Es un libro sin fines de lucro para que todos conozcan a través de él la maravilla de haber nacido en esta tierra llamada América. Para mí es una honra que el Dr. Carlos Garrido Chalén lo haya prologado. Ya les estaré avisando de su publicación. Besos y bendiciones


MODERADORA EN PORTUGUÉS
Comentario de Mab D´Ávilla Roberts el mayo 16, 2012 a las 2:40pm

Comentario de Joel Francisco Bustos Tello el mayo 16, 2012 a las 9:26am

Eso es lo mágico de la palabra, nos ubica donde queremos llegar.

Felicitaciones

Comentario de Wálter Barrantes Chacón el mayo 15, 2012 a las 10:31pm

Trabajo exquisito, inteligente con una ilación que nos somete al texto.

Abrazos


Directora-Creadora
Comentario de Milagros HdezChiliberti-SorGalim el mayo 15, 2012 a las 5:52pm

EXCELENTE ANÁLISIS HACE CARLOS GARRIDO CHALÉN DE ESTA NOVELA “13 lunas. Las aventuras de Emilio y Enriqueta” DE NUESTRA QUERIDA MAIGUALIDA PÉREZ GONZÁLEZ. 

SIN LUGAR A DUDAS ES UN MARAVILLOSO PRÓLOGO.

FELICITACIONES, AMIGOS.

 BESOS

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