UNIÓN HISPANOMUNDIAL DE ESCRITORES. UHE

POR LA LITERATURA Y POR LA PAZ

Berenice avanzaba rauda en su Mercedes Benz por la autopista del norte. A lado y lado de la vía, las cercas de alambre y sus postes de concreto parecían un pentagrama mudo, de mudez infinita; y a la distancia, los elevados edificios, un vórtice alocado que se le venía encima del mismo modo que las imágenes que se agolpaban en su mente y que le mostraban el espectáculo grotesco de su marido entregado a los placeres de la sodomía en el chalet familiar de playa Larga.

Esa mañana de marzo el sol radiaba inclemente sobre el valle de Las Hamacas y el bochorno obligaba al recogimiento debajo de los chiminangos o dentro de las casas de palma. La autopista estaba casi desierta y su calzada de asfalto parecía derretirse y brillaba como una pelota de marfil negro expuesta a la luz de una lámpara.

A su paso por el monumento de los pescadores, Berenice era un turbión de ideas confusas y contradictorias, y una decisión de no vida que le ganaba terreno al instinto de conservación. La brisa del Caribe se le metía por las ventanillas deflectoras de su lujoso coche, y se me ocurre ahora, después de tantos años, imaginarla como la actriz de Hollywood que, en una escena de fuga por las carreteras de Long Beach, encontró la muerte en su larga pañoleta flameante y después enrollada por una de las llantas traseras del automóvil.

En el retén de Barlovento, detuvo el auto apenas para pagar el peaje y para mirar en su Mido de pulsera las once y treinta del día. Luego reanudó la marcha a gran velocidad, sin escuchar los gritos de los empleados de la oficina vial, como si quisiera devorar en segundos los kilómetros que aún le faltaban.

__¡Esa loca de porra se va a matar!__dijo uno de los agentes de la policía vial al verla perderse como un bólido en la curva llamada del diablo.

Entrando a la ciudad, Berenice miró fugazmente hacia la capilla del barrio en el que residió con sus padres y recordó las escenas de su boda, el mágico momento de los anillos, los acordes hermosos del grupo vocal Opus cuatro; las voces de quienes le desearon dicha eterna al lado de Samuel, quien era el galán más deseado por las casaderas del club campestre; y recordó también, no pudo evitarlo, toda la parafernalia ceremonial de ese episodio que ella creyó compendiaba toda la felicidad posible de guardar en el corazón de una mujer bonita.

Berenice de Ruiz veía pasar los restaurantes y discotecas de la llamada zona rosa, con los ojos empañados por las lágrimas. Su pensamiento divorciado de la percepción de la vía, viajaba por el tiempo. Vivió entonces las escenas de su luna de miel en Cancún, los momentos del nacimiento de sus hijos y de sus fiestas de Navidad y de cumpleaños, escenas que llegaban y se desvanecían como pompas de jabón en su conciencia perturbada por la desilusión; y no pudo evitar el recuerdo de la asqueante situación de hacía apenas unos minutos en la playa.

Para la comunidad de Barlovento, que la admiraba y que no olvidaba sus éxitos como reina de los carnavales, nada malo ocurría o podía ocurrir en su hogar. Las hijas de los hombres ricos y de bien son como princesas y las princesas siempre son felices en el celuloide, pensaban. Sólo ella sabía que ese pensamiento era ilusorio. Solo ella sabía la tenebrosa verdad que había desbaratado su castillo de ilusiones y de la cual empezó a sospechar desde el día en que el cuidandero de la casa de Playa Larga le comunicó, avergonzado, que había encontrado borrachos y desnudos en su cama a su marido y a un tal Roberto que lo frecuentaba los fines de semana. No obstante esa revelación, le dejó un espacio al recurso de la duda. "No puede ser cierto. A lo mejor tuvieron una orgía con putas y éstas los dejaron en ese estado", se decía; y repasaba mentalmente los coitos plenos que había tenido con su marido y las miradas de envidia de sus amigas cada vez que él la llevaba del brazo a las fiestas del club. Ignoraba --de lo cual se arrepentiría-- que la infancia de Samuel había sido de bucles, de vestidos de niña y de muñecas rubias, en un ambiente de tías solteronas que se disputaban el privilegio de maquillarle como mujer su rostro apolíneo porque, según ellas, un rostro tan divino como ese no podía pertenecer a un hombre.

Todo lo vio nítido y cruel esa mañana en la playa frente a su marido y su rival, cuando ya nada se podía hacer para desandar el trayecto. Berenice se sintió empequeñecida hasta el límite de lo moralmente visible y se abandonó al llanto mientras su auto abría un surco de aguas espumantes al cruzar un empozamiento de la avenida y un camión de mudanzas asomaba su capó por la calle 83. ¿Por qué? ¿Por qué? repetía Berenice al tiempo que recordaba las cumbiambas de los carnavales de su reinado y la carroza del desfile que era una réplica del castillo de San Felipe de Barajas, y el baile de coronación con toda su fantasía de máscaras y lentejuelas y el ritmo costeño de Lucho Bermúdez. A cien metros de todo ese repaso del filme de una vida, el camión de mudanzas viraba despacio hacia su derecha pero ella no aminoró la velocidad. Movió entonces el carrete hacia adelante y escuchó la frase de lava de su marido confesándole su condición de gay y lo que es peor, su contagio de Sida, y pensó que el destino le ponía en el camino ese camión de diez ruedas para evitarle la vergüenza de vivir el resto de lo poco que seguramente le quedaba de vida, al lado de un hombre enfermo que la desmerecía, y convertida en objeto de lástima para aquéllos que antes la admiraron por su belleza.

Berenice no pisó el freno ni realizó maniobra alguna para evitar la colisión.

Dicen quienes presenciaron el accidente que los cabellos de la exreina del carnaval eran como festones al viento y que todo su cuerpo estaba tensionado hacia atrás, la mirada fija en el camión de Trasteos Ltda y las manos apretadas al volante, en el instante en que el Mercedes se incrustó debajo del furgón con una fuerza tal que parecía como si lo hubiera estado deseando todo el tiempo.

Berenice murió en el acto, con el timón hundido en su tórax y una extraña mueca de resignación en su rostro. Samuel Ruiz murió ocho años después. Los hijos del matrimonio estudiaron en una universidad europea y aún no alcanzan a explicarse las razones que hubiera podido tener el Ser Supremo para hacerlos víctima de tanta fatalidad. De Roberto no se ha vuelto a saber. La última vez que se supo de él se disponía a regresar a los Estados Unidos para encarar, entre los suyos, la cita que había concertado con la muerte.

Antonio Mora Vélez.

Montería, 1992

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Comentario de Antonio Mora Vélez el marzo 11, 2010 a las 7:45am
Los invito a leer en mi blog el cuento La decisión de Berenice.

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